la Capilla de la Resurrección. Lewerentz.

Ya hemos hablado en este blog del arquitecto Sigurd Lewerentz.
Este arquitecto se caracterizó por su silencio. No publicó, no escribió, estuvo al margen de cualquier actividad académica. Lo que tenía que decir lo dijo con sus obras. Y fue mucho.
De carácter huraño e introvertido, realizó sin embargo numerosas colaboraciones con sus contemporáneos, de entre las que destaca su relación con Gunnar Asplund, finalmente truncada.
Considero a Lewerentz un personaje tan fascinante que creo que merece mucho la pena detenernos un poco en el análisis de algunas de sus obras. Para no ir muy lejor por el momento, nos quedaremos un poco más en el Cementerio del Bosque. Este proyecto fue ideado en su trazado por Lewerentz y como ya hemos comentado, se trata de un lugar extraordinario, lleno de espiritualidad y profundidad, ejemplo paradigmático en el siglo XX del espacio público. Con él iniciará Lewerentz una carrera en el diseño de espacios sacros que creo no tiene parangón en la modernidad. En este mismo cementerio sitúa su capilla de la Resurrección, calificada por muchos como la última obra maestra del clasicismo en el siglo XX.
Lewerentz traza una capilla de bellísimas proporciones, con reminiscencias clásicas. No en vano hace uso de la proporción aurea para configurar un espacio lineal que reduce a una extrema esencialidad de elementos. Sin embargo no podemos obviar la vocación que Lewerentz tuvo a lo largo de su carrera para subvertir el lenguaje y llenar la disciplina de paradojas, de índole conceptual y constructiva. Digamos que su obra está llena de “accidentes” en apariencia que dejan de serlo ante una atenta mirada.
Para ello nos muestra un dominio sin igual de la disciplina. La domina para saltarsela, siendo sintéticos. En esta capilla no deja de llamar nuestra atención una serie de cualidades y de elementos como el pórtico descentrado, con un trazado exquisito del orden clásico. Además el pórtico se encuentra “despegado” del volúmen de la capilla, otro matiz paradójico que supone un preámbulo y anuncio de la modernidad, a la que Lewerenzt no era ajeno. Ya en el interior, contrapea las pilastras adosadas a los muros que se manifiestan con un leve relieve, por lo que con un guiño nos deja ver que los supuestos elementos de carga, no se encuentran alineados. El volúmen exterior es de una austeridad extrema frente al pórtico, como si éste fuera el receptor del orden clásico concentrado. Hasta tal punto que no existe relación canónica entre la cornisa y el alero, que consiste en el voladizo de la estructura de madera que deja a la vista. La materialidad interior manifiesta una luz fría, generando una atmósfera de ascesis que se traduce en el haz de luz, único, que penetra por el hueco tripartito y que se difunde a través de los revocos grises. Esta imagen concentra la intensidad del espacio a través de la luz y su atmósfera, encontrando como fondo el baldaquino,

cuya presencia parece focalizar el espacio hacia el extremo opuesto a la entrada.
Detalles como los pavimentos, interior y el del pórtico, la cubierta de cobre y sus remates con ese poso de “dejadez”, ya una constante en la obra de Lewerentz, tal es la naturalidad con que le gustaba construir sus obras, la evacuación de aguas, las puertas de acceso…nos presentan una obra muy rica, que ya desde el punto de partida de la ubicación en el cementerio está llena de intensidad.

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