kiosko de flores

En 1969, ya próximo al final de su carrera, Lewerentz diseña para el cementerio de Malmo, proyecto que realiza de una forma muy dilatada en el tiempo a través de numerosas intervenciones en el trazado general que había proyectado,una pequeña construcción de servicio que alberga junto a la entrada principal del cementerio, un pequeño kiosko de flores. Junto a este se sitúa la casa del guarda y alguna pieza más de almacenaje y servicios.
Curiosamente el kiosko adquire en este punto de la entrada al cementerio una cierta notoriedad por su altura y el gesto en sección, como si fuera la pieza destinada a marcar la entrada al recinto de forma significativa. Más allá de este gesto geométrico, rotundo y firme, la arquitectura de este edificio se caracteriza por su silencio y su sencillez. Tan característico en la obra de Lewerentz es ese aspecto cuidado y a la vez despreocupado por aspectos dispares en su arquitectura. El uso del hormigón no es refinado, sino más bien industrial, queriendo ceder al material el protagonismo plástico a través de su propia puesta en obra elemental. La cubierta a un agua tiene una presencia enorme, afirmando el gesto de la sección y mostrándose perceptible en sus acabados debido al ajuste de altura que Lewerentz realiza en el voladizo. Los nervios que rigidizan la chapa en el voladizo añaden expresión plástica a este plano verde metálico. Los huecos en la trasera, allí donde el pabellón adquiere mayor altura se reducen a dos rectángulos juntos, con el plano de vidrio grapado y sin perfilería. Gran paradoja para un arquitecto que tenía una fábrica de perfilerías para ventanas. Este alzado no deja de ser curioso, ya que lo completan los proyectores de iluminación, con la línea eléctrica vista y una puerta de madera elevada en
exceso para el paso de un hombre.
En el porche delantero, al abrigo de la gran cubierta se encuentra un hueco continuo resuelto mediante un gran vidrio grapado en seis puntos y el acceso principal dispuesto de forma lateral.
En el interior el espacio se eleva hacia los dos huecos posteriores que enmarcan los árboles del cementerio y adquiere tensión gracias a las proporciones de la sección, que se define en sus extremos por su ajuste de altura en uno, y su gran altura en el otro. Lewerentz define la altura de trabajo, o del ser humano mediante las luminarias, que descuelga como elementos aereos, tal y como ya hemos visto en otras obras. El producto de venta protagoniza todo el término inferior y el plano superior lo resuelve mediante un techo reflectante, que fabricaba en su propia empresa ( ahora sí) y que otorga a ese plano un carácter más industrial frente a la rudeza del hormigón. Las instalaciones las dispone de manera muy ordenada e intencionada superpuestas sobre los muros de hormigón. Existe un cuarto adjacente para almacenaje y servicio que completa la geometría del contenedor.
Es una pieza que por pequeña y sencilla no deja de ser atractiva y que tras su aparente naturalidad, esconde la actitud del arquitecto frente a la obra.
Con este pequeño pabellón accedemos al cementerio de Malmo, visita que realizaremos en el próximo post.

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